Opinión
A la vera de los sueños
No sabes dónde detener la mirada. Porque buscás un espacio libre de necesidades por resolver y, a decir verdad, no es fácil de hallar. La leve brisa del viento otoñal no alcanza a disipar con rapidez los destrozos que ocasionó la última lluvia.
Las lágrimas del cielo poseen un efecto negativo aquí. Es que precisamente, enturbia el agua al caer, las arterias del barrio Belén. El barrio que está detrás del puente. O uno de los complejos habitacionales situados detrás de la emblemática mole que divide a la ciudad.
Entonces, mis lectores, la capacidad de asombro se pone repentinamente en marcha. Porque nadie puede quedarse sin proferir algún comentario. Porque luego de ingresar al ambiente referido, ya nada será igual para el visitante.
Es evidente que se abre una puerta a otra etapa, a otro universo. Un mundo con sus propios códigos y sus respectivas apetencias. Hay que captar por ejemplo, los murmullos de las plantas, demasiado elevadas por otra parte, en un sector copado hoy por cabañas privadas.
Esos inmensos árboles impiden el funcionamiento de la Internet y obstaculizan la llegada de las ondas de televisión. Claro que si esto pareciere poco, se le anexa también un gran paredón construido impunemente en el lugar correspondiente a una calle.
Avasallar los derechos de los humildes y postergados, no es asunto difícil. Las protestas no sobrepasan el ámbito del rectángulo del barrio. Y la lucha continúa en el cotidiano vivir de familias que no tienen más remedio que resignarse, esperar un milagro o lanzarse a una maniobra impropia en aras de ser atendidos.
Los chicos suelen dedicarse a un extraño deporte: tapar los pozos de las calles en compañía de los mayores, con greda y piedras. Y aparecerán nuevos cráteres y así sucesivamente. Los charcos son bien conocidos por los moradores del Belén. Por tal motivo tal vez los trabajadores del volante, no quieren arriesgar amortiguadores, así que aprovechan esta sutil excusa para decidir no entrar a las quejumbrosas callejas de tierra y fango.
Rostros curtidos y pequeños con incierto futuro. Triste conjunción a 10 0 15 minutos del centro urbano. Un plano inclinado hacia abajo. Un sitio con una mano que asoma, solicitando inclusión. Inclusión real, más allá de un corso gratis.
El reloj indica las 17 horas. A la vera de los sueños, en la calle 120, una oveja “guacha” bala. Y los vecinos reunidos en el patio de una casa, observan con entrañable afecto a un periodista que toma con ellos mates. Y se embarra y no se asusta de la pobreza o el mal olor.
Por Mario Delgado.-





