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Opinión

Limpieza general

Los gritos y el escándalo descomunal de la mujer, llevada a empellones hacia el vehículo policial, no puede de ninguna manera detener el alud arrollador de los uniformados que se entremezclan, innumerables, en las aristas del barrio Independencia.

El momento llegó, anunciado apenas como un susurro. Visible desde lejos y audible a través de luces y sirenas ululantes.

La fiscal Paula Serrano, personal de la Departamental, de la Distrital, de las Comisarías locales, de la DDI, del GAD y la Infantería, acudieron prestos a la cita con la realidad drástica y virulenta.

La mañanita muy helada de este jueves 26 de mayo, ha de clavarse cual flecha en las retinas y oídos de vecinos y damnificados. El puntapié inicial ¿se está dando? ¿Será la génesis de la limpieza general, expulsando la basura?

La agilidad de los servidores del orden alcanza para contextualizar la situación, penetrando en por lo menos una decena de apartamentos. Aunque no se descartaría más allanamientos en una zona influenciada por las quejas de los auténticos propietarios de las viviendas y seres humanos aledaños, que ya no saben que corno hacer para que se reinstale la tranquilidad.

La red de usurpadores tiembla. El aceite del mecanismo se empieza a secar. La locura puede mutar a cordura. Los malos instintos de las lacras, se crispan. No valen excusas a la hora de enfrentar los designios de la ley.

Ley que ha escaseado, seamos sinceros, en ese radio. Porque tales tentáculos no podrían haber crecido tanto sin connivencia, sin complicidades espurias que propiciasen la victoria de la degradación urbana y moral.

Los muebles en camionetas son dispuestos. Un insulto acá y otro un poco más lejos. Las siluetas quejumbrosas de los presuntos culpables, se disuelven al entrar en la órbita de la verdadera Justicia.

Alguien autorizado corta la señal de cable. Otro operario hace lo mismo con el gas. Y así las cosas. “Que soy inocente”, esgrime un personaje cuyos antecedentes darían bien para llenar un librazo gordo. “No se lo lleven”, se desgañota una joven, a la par de repudiar con insultos ensayados a la policía.

Vuelan al cenit las puteadas y las miradas de asombro se acostumbran al novel paisaje, más azulado que nunca, gracias a la ropa y móviles de los uniformados.

Yo vivo aquí desde hace veinte años y es imposible salir sin preocuparse. No dejamos el departamento solo ni locos. Se te meten de una”, nos confiesa la señora, estirando el cuello curioso hacia el Monoblock 7.

El pitazo de arranque, retumbó. Ahora solo habrá que aguardar que la correspondiente tarea de limpieza, se complete.

Por Mario Delgado.-