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Opinión

He aquí, el Hombre

Expresa un fragmento de la poesía de don Antonio Caponnetto, “Ecce Homo”: “Aquí está el hombre, desecho, / otro castigo y moría, / no encuentro falta en sus obras. / La hallará la judería. / Aquí está el hombre, la imagen, / la semejanza, Dios mismo. / Aquí está el nombre del Hombre / que nos salva del abismo.”

La relevancia de la denominada “Semana Santa”, se inscribe en un memorable pasaje de la vida y obra de Jesús, sobre todo en sus instancias finales, en las postrimerías de su paso por la faz de la tierra, convertido según la tradición bíblica en ser humano corriente.

Desprovisto, entonces, amigos lectores, de su cualidad divina, sólo dependía de su prefijado derrotero, anticipado desde hacía siglos inclusive, por profetas que, en varias ocasiones, ni siquiera entendían el tenor de sus pre anuncios.

El Hijo del hombre nace a la luz de un mundo hostil, pregonan los cristianos, ya sean católicos, ortodoxos o evangélicos. Y tales acontecimientos sensibles a la conciencia religiosa más prudente, fueron siempre sostenidos con dedicación y recogimiento.

La persecución, captura, posterior martirio y muerte de Cristo, son el eje fundamental de una nueva disposición teológica: la posibilidad de que la pérdida de la vida en la cruz, se reconvierta en realidad en un auténtico triunfo sobre el mal, encarnado en Satanás. Y un paso trascendente hacia la resurrección del asesinado hijo de María y José. Fallece el hombre, renace el ser espiritual, el verdadero Dios, en cuerpo glorificado.

Al parecer, el canto de alegría cristiano, procede de estos procedimientos misteriosos y que exponen al creyente ante un dilema sin dubitaciones posibles. O se cree o no se cree. No hay otro ámbito de discusión, no se puede idear o intuir siquiera, amigos, una senda alternativa.

Tal cosa, produce un invisible pero certero choque muy frontal entre la razón y la fe pura. De lo muchas veces incomprobable, llegado a nosotros tan solamente por escritos antiguos, hay que avanzar hacia lo tangible, asiéndose el adepto, de una tabla de poder único: la Sagrada Biblia.

Quien dice ser creyente, debe caer en la cuenta de que todo enunciado, es verídico, es un axioma, aunque jamás logre probarlo en el aspecto práctico. Y se tiene que amoldar a un tiempo y a una cultura totalmente disímil como la hebrea para poner en marcha el vehículo todo terreno de su ponderable fe.

Un nacimiento a la carne poco común y un volver a vivir “post morten” más inusual aún, colocan a Jesús en el centro de cualquier charla de “hermanos” o de no iniciados en la profesión de la fe. Horas enteras se podrá “rumiar” en torno a él y a sus milagros y a su accionar tan memorable. Desde las más encendidas defensas, hasta las críticas más cerradas y elocuentes. Olvidando, quizá, en algún punto ambos márgenes de la situación, lo primordial: la fe se sostiene por propia convicción; no es un elemento adquirible en góndolas de supermercado.

El ateo que se empecina en negar la naturaleza divinizada de Jesús, tendrá siempre argumentos. Mas también dispondrá de condimentos para su crecimiento en la doctrina, quien ostenta una condición de “seguidor de la cruz.”

Es cierto, no obstante, que los años han ido mutando los conceptos y la religiosidad hoy se nota tibia, muy tibia. La ceremonia pascual transcurre por no comer carne un par de días y luego “¡A la carga, Barraca!” Todo se normaliza después y el mundo continúa su curso de rutina y espanto, cronometrado por las presiones y las histerias, con un destrato hipócrita y una serie de abrazos y presuntas contenciones del débil, que nada tienen que ver con lo predicado por el Señor de la Galilea.

Por Mario Delgado.-