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La marcha del cansancio
Solos o acompañados, los manifestantes se fueron aglutinando en el Paseo Jesús Mendía. Una señora con un bebé, unos ancianos con bastón, jóvenes, políticos de diversas extracciones, gente vinculada de alguna forma a la justicia y mucho público en general que decidió dar su presente en esta movida del 18F. Por Mario Delgado.
Carteles con las palabras “Verdad” y “Justicia”, banderas argentinas y un sentimiento que, de a poco, se palpitó unánime: es menester un punto de inflexión en esta nuestra querida República. Almas hasta ayer anestesiadas que despertaron con brusquedad, o ciudadanos alertas que estuvieron prestos a la convocatoria. Hubo de todo, como en botica.
La homogeneidad del silencio, secundado eso sí, mis queridos amigos, por un continuo aplauso que hizo las veces de música de fondo, inyectando vida y esperanza en cada uno de los concurrentes a la marcha que se desplazó por las céntricas arterias de una comarca que le otorgó en cada metro del recorrido, nuevos componentes a la proclama, nuevas personas que se mimetizaban con los pasos de sus congéneres.
Desde los comercios, desde calles adyacentes, desde distintos ángulos, la incorporación a las filas le iba ganando terreno a la desidia, a la indiferencia, a la individualidad que tantas ocasiones prima por sobre los intereses colectivos.
Como en la antigüedad, cuando alguien moría martirizado y ese fin triste le otorgaba un novel brío a sus prójimos, que acusaban recibo de esa instancia; así se capta con idéntico perfil al de esas historias lejanas, este luctuoso magnicidio que se llevó al más allá la vida y la obra de un fiscal de la Nación, abocado tan luego a desentrañar vilezas sin parangón.
Cada paso, cada tranco extendido era un homenaje póstumo y un deseo intrínseco de que las cosas muten, de una bendita vez, para bien. Se rindió honor a un ministro público a un mes de su deceso y se aunaron también cabes sueltos, se ataron, se concatenaron reclamos, solicitudes, demandas populares que salían de la profundidad de los miles de corazones olavarrienses en este caso, pero replicando y multiplicando intenciones de millones de personas en la geografía patria.
Basta de muertes impunes, basta de inseguridad atroz, no a la consumación constante de la corrupción de alto nivel o de vuelo rasante. Otro país es posible en la mente y en el ánimo de los adherentes de ayer miércoles. Otra cotidianeidad se puede y debe construir, con respeto, diálogo y hermandad real como materiales básicos a utilizar.
Contrarrestar el dolor, la indignación y la impotencia que genera cada jornada el impulso gubernamental de atribuirle con liviandad el mote de “opositor”, “gorila” o “golpista” a aquellos que no comulgan con el proceso oficialista.
El no hablar de la multitud es un poderoso tridente que se ha clavado en las entrañas de los orgullosos, soberbios e impuros que creen a pie juntillas, por convencimiento tozudo o por conveniencia económica, que las aguas son cristalinas y que no se encuentran manchas en el tigre.
Hace rato que la perfección se fue por la borda. Hace años que la copa viene amagando con rebalsar. La bisagra giró en sus goznes en la tarde de este 18F. Y, da la impresión que nadie quedará papando moscas de aquí en adelante. Balcarce 50, los señores magistrados y fiscales, los dirigentes y legisladores de la vereda de enfrente, la sociedad inclusive, todos a una, han de analizar con detenimiento lo sucedido y visualizar con supina objetividad, los siguientes movimientos del tablero.
Este ganar la calle de la gente, no debiera ser banalizado o demonizado.
Con el debido respeto y afecto que nos merecen quienes, por distintas razones, no estuvieron, la expresión de hartazgo de los asistentes, es un faro que brilla en la obscuridad, es haz de luz abriéndose camino entre los montículos de barro, piedra y desolación.
Porque por más que se le busquen eufemismos, mis amigos, esta ha sido sin dubitaciones, la marcha del cansancio. La marcha de los cansados de las burlas y ninguneos. La marcha de los que aspiran a descansar en brazos de la JUSTICIA.
Por Mario Delgado.-




















