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Las tres

El cliente no siempre tiene razón: las peripecias de los pasajeros del transporte público olavarriense

El martilleo sobre el yunque es reiterativo hasta el hartazgo. Pero las penurias de quienes se cobijan diariamente, u ocasionalmente, en el transporte urbano e interurbano, suelen ser dignas de un recuadro.

El martilleo sobre el yunque es reiterativo hasta el hartazgo. Pero las penurias de quienes se cobijan diariamente, u ocasionalmente, en el transporte urbano e interurbano, suelen ser dignas de un recuadro.

Pero si hasta sirven, mis amigos, para una extensa charla. Quizá tenga que ver con dos estadios fundamentales: su pronunciada repetitividad y la gran cantidad de dramas anexados que significa viajar.

Por otro lado, no hay alivio pese al cambio de estación. Puesto que, tanto el frío como el calor, conllevan aparejadas sus propias cuitas.

Las culpas han de ser repartidas. Entre un Estado Municipal que, como ente controlador, no tiene la brújula a mano, al parecer, para controlar precisamente y, sobre toda instancia, sancionar.

Y el núcleo sindical visto está, a través de los andariveles de los almanaques que se van desglosando, que no aporta definiciones en favor de mejorar la calidad de vida de sus pretendidos defendidos: los señores conductores de los coches.

O sea, que las piedras en el sendero, no discriminan ni a uno ni a otro; sin embargo y curiosamente, anhelan con fervor, crear un ambiente hostil entre el que guía la unidad y los guiados, entiéndase, el pasaje respectivo. A todo esto, los dueños del circo, llenan sus arcas de dinero y derraman lágrimas, simulando dolores que culminan siempre en aumentos de boletos.

En nuestra anterior columna, decíamos con criterio adecuado, de los inconvenientes horarios surgidos para la gente, a raíz de los colectivos afectados a llevar chicos a las colonias de vacaciones.

Quince unidades puestas al servicio de ese “laburito extra” del lado de “Nuevo Bus”. Y lo suyo hace también la compañía restante, “Ola Bus”, aunque con una cantidad menor de coches.

Y, hete aquí entonces, que los pobres y asoleados pasajeros, muy estoicos, han de aguantarse los minutos de espera, comiéndose las uñas.

No resultará sorprendente, en estas épocas, observar las unidades repletas y excedidas del número “oficial” de personas que puede cobijar cada colectivo.

Una queja recurrente y sin ser oída aún es la petición puntual para que coloque la empresa interurbana, algún adicional a Sierra Chica los días de visitas de detenidos. Es de comprender que tales ocasiones sirven a una mayor aglomeración de viajeros hacia la localidad picapedrera.

Cuando se da que la buena voluntad empresarial funciona y ubican un coche extra, puede ocurrir que tal coche no pase como Dios (o el pliego licitatorio) manda, porque pasa antes de horario o los deja de a pie a los potenciales pasajeros por ir “hasta las manos”, obligando a los sufridos clientes a optar por otro colectivo posterior, armándose de paciencia encomiable.

Y, en este mar de inciertas aguas, cuenta la historia que una vez, un señor pasajero se cayó de bruces al bajar y el chofer no lo asistió en ningún momento. Hurgaba éste intranquilo mientras en su celular inteligente.

El sujeto caído, maltrecho, le rogó que lo acercase una cuadra más, hacia su domicilio, pero recibió una contestación negativa. Adujo el conductor que el GPS no le permitiría salirse ex profeso de su recorrido. Si eso hacía, luego debería dar explicaciones a la patronal.

No obstante, las crónicas explican que ya ese coche se hallaba en una parada antirreglamentaria. Como consecuencia de su traspié, el hombre de nuestra historia, hoy padece una discapacidad motora.

Por Mario Delgado.-