Opinión
Sensaciones demasiado encontradas
De mil amores quisiéramos vivir en otro contexto. Sin embargo, la cotidianeidad nos planta inflexible frente a cuestiones complejas y harto difíciles de interpretar con ligereza de pensamiento.
Pero si resulta indignante en grado sumo reconstruir el dantesco cuadro que nos pinta lo acaecido horas atrás en la Unidad Carcelaria Número 2 de Sierra Chica. Es un golpe a la buena predisposición honesta frente a las instituciones, tan vapuleadas, y ante quienes las componen, que lógicamente, se ven salpicados todos con el olor hediondo producido por algunos.
No obstante, mis amigos, es así la ecuación: muy tenebrosa, muy preocupante también. Aunque vale aclarar que no hemos de rasgarnos las vestiduras estupefactos; acciones viles como la de conocimiento público, sobran sobre la mesa.
Estamos entonces inmersos en un auténtico mar de sensaciones demasiado encontradas, con todo lo que ello implica, desde luego.
Que un sujeto encerrado en una cárcel, goce de privilegios a cambio de dinero que le otorga a agentes o a jefes del Servicio que deben cumplir sus tareas como corresponde, es un hecho crucial e inaceptable. Pero no es algo novedoso. No nos despertamos recién a la vida de tales “chanchullos”.
El punto de inflexión debiera ser, que ahora hay una investigación en curso con resultados inmediatos y otros que se irán vislumbrando en plazos mediatos.
La red, la telaraña es amplia, sin dudas y habrá más nombres y complicidades espurias y sutiles, porque el entramado va de un lado a otro, de los muros sin escalas. La ambición del peso fácil, cobija peligros que, a veces, por suerte, salen a la luz potente de la opinión pública.
Quien está para una actividad de protección ciudadana, velando en apariencia, por sus semejantes, cubre en la praxis un aspecto diferente, literalmente opuesto. Se deja arrastrar cual leve hoja por el viento recio de la deslealtad, por la tentación mordaz y se trastoca sin reparo todo orden.
El señor Jefe de Vigilancia y Tratamiento, involucrado hasta las manos, parece, en actos fallidos, por llamarlos suavemente. Y las andanadas vendrán en sucesivas ráfagas.
Al costado del camino, toda la complicación habitual del sistema carcelario tan desbordado.
La permanencia y el incremento de los reflejos negativos, son moneda corriente intra muros. Desde los ángulos cómodos, no suelen observarse las vicisitudes de la existencia de los encerrados.
Superpoblación de internos, unidos más allá de los delitos que hubieren cometido, mezclados los procesados con los condenados, los ladronzuelos, los violadores, los asesinos, sin separación, conviviendo a diario con una plaga de ratas y/o cucarachas, hacinados como ganados, con un solo baño para 150 tipos. Y la lista de desaguisados podría durar varios minutos más.
Los derechos humanos hacen algo. Tibio relevamiento, en resumen. Y la brutalidad del ambiente tan estresante, despliega adeptos a cualquier forma de pestilencia e infra humanismo. Animales más que personas que se supone, podrían, en ciertos, casos, resocializarse.
Tremenda estupidez esa, mis amigos. ¿A quién corno le subyuga la idea, la teoría de la “resocialización”? ¡Por favor! ¿Cómo se sitúa un individuo trajeado ante un auditorio y explica las consonancias de reubicar a un preso, si los mismos “protectores”, se ufanan, se ríen de la cordura y se echan dinero mal habido a sus bolsillos?
¿De qué se disfrazarán los penitenciarios corruptos, que mandan a los detenidos a robar a su cuenta, so pena de castigarlos y hasta “enfriarlos” si no les son útiles? La noche aparece. Que los imbéciles paguen. Que los tambores suenen al compás. De todas formas, precaución, amigos, porque no se irradia el fin de la pudrición; tan sólo están limpiando un pozo séptico.
Por Mario Delgado.-




