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Opinión

Milagro con perspectivas

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La historia del delantero de Defensa y Justicia es extraordinaria y emotiva. Y empuja a luchar, a bregar por un propósito, aùn frente a las dificultades o adversidades màs contundentes.
Brian Ezequiel Romero nació en San Isidro un 15 de junio de 1991. Ha pasado por diversas instituciones hasta llegar, hace apenas pocos días atrás, a convertirse en el goleador de la Copa Sudamericana con 9 goles en ocho partidos.
Por supuesto, fue el alma mater del título obtenido por el equipo de Florencio Varela, comandado por el entrenador Hernàn Crespo. En la final golearon a otra escuadra argentina: Lanùs, por tres goles a cero. Este fue el primer logro del conjunto fundado en 1935.
Todo es festejo y alegría por estas horas. Y el jugador rìe, feliz. Pero no siempre fue tan asì su carrera futbolística. Hubo de sortear un escollo muy delicado. Y tal situación, marca ahora un ejemplo de tesòn y voluntad de acero.
En noviembre de 2012 Brian militaba en el Club Acassuso. Sufriò un importante impacto negativo, luego de un cotejo. Revisado por un excelente profesional mèdico, recibió un durísimo revés: “No vas a poder jugar màs al fútbol”, le explicó directo el doctor. Su universo pareció derrumbarse en seco y a pleno.
Le diagnosticaron, después de intensos estudios, Artritis Reumatoidea. Estuvo quince días internado, bajo vigilancia mèdica, pero el jugador casi ni podía caminar bien. No sentía elasticidad en su cuerpo, de la cintura hacia abajo.
La desesperación cundìa en la mente y corazón del player, observando muy oscuro su porvenir deportivo. Muy incierto. Asì permaneció un año y medio, tomando tres pastillas por cada jornada y un corticoide por semana. Acassuso lo aguantò.
Cierto dìa, cuando las posibilidades reales de recuperación eran dudosas, pese a los paliativos de la medicina, su abuela, cuenta el mismo Brian, lo invitò a una iglesia evangélica cercana, a la que ella concurrìa.
Mantuvo el joven delantero una charla muy amena con el pastor y comprendió el valor esplèndido de la fe, que actùa sin divisar todavía en la pràctica, los màs profundos anhelos humanos.
Tal fue la reacción que Brian dejo por su cuenta y sin avisarle a nadie, las dosis de pastillas que le suministraban por su mal. Al concurrir a una nueva revisación mèdica, aquèl facultativo que le augurò un futuro negro, se estremeció hasta los huesos: “Estàs sano. No tenès ninguna afección”, casi gritò en la sala.
Desde ese momento, Romero no ha parado de jugar, meter goles y disfrutar de su profesión y excelente salud. Su agradecimiento a Dios, su familia y equipos que lo han contenido, son continuos. Jamàs se abatata frente al arco rival. Tampoco nunca olvida que su existencia es un claro reflejo de un milagro con perspectiva.
Por Mario Delgado.-

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Opinión

Caretas

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Las medidas restrictivas gubernamentales vienen a poner otra vez en debate las implicancias del miedo y el encierro. Una nación libre y soberana, se ve quebrantada en sus derechos civiles por la incompetencia de los líderes políticos y de la misma gente que asume una pésima nocturnidad y no respeta las elementales normas de sentido común.
Boliches atestados de almas y sin distanciamiento. Buena recaudaciòn económica de los bolicheros y a otra cosa. Total, después embroman al resto de la población que trata cada jornada de sostenerse en pie, en medio de este desastre.
Los contagios existen. Nunca discutì tal verdad. Siempre escribì y citè lo otro, lo anexo lo colateral: la inoculación del miedo y la inconstitucionalidad del encriptamiento continuo. Que, dicho sea de paso, demostrado quedó, no sirvió para sanear la salud ni para evitar muertes de argentinos.
Las mentiras de Casa Rosada se leen por doquier. Y la colaboración de los pretendidos expertos, no dio jamàs en el clavo. Y la economía se desplomò, con miles de negocios cerrados y personas endeudas y sin esperanza alguna.
19 millones de pobres, 4 millones de indigentes, el 60 % de los niños mal alimentado, una inflación mensual de 4 puntos y un Estado incapaz de abonar ni siquiera los intereses de sus deudas.
Acompaña este desquicio, una betería inaceptable de planes sociales sin contraprestación alguna. Casi 20 millones de conciudadanos, recibe una dàdiva de Balcarce 50, sin aportar un mínimo esfuerzo, sin sudor ni beneficio para el país.
Todo este andamiaje de locuras “populares”, se mantiene gracias a la constante emisión de pesos sin respaldo, sòlo generadores de inflación.
Pero es mejor inflar los cocos con prohibiciones. O sea, dejaron libre el camino en Semana Santa y luego llueven los testeos. Ùtiles operativos, aunque sin vacunas a la vista.
Y el carro engancha a gobernadores e intendentes, como el año pasado. No obstante, hoy le dan por obligación, un ápice màs de protagonismo a los citados funcionarios. Cuando la verdad es clara: presidencia no soporta nuevas cuarentenas porque el pueblo està harto. Y la economía se caería al pozo final.
Entonces, en lugar de solicitar un fortalecimiento de la oposición, los serviles se conectan al verso oficial. Y cierran sin criterio: templos, ferias, y otras actividades que no han contaminado la escena. Sì dejan sin molestar a la noche dìscola y bolicheros sin responsabilidad que dejan entrar gente sin barbijo y màs de la cantidad de almas que debieran. Y las fiestas en casas y quintas, como foco también de contaminación. Pero, bueno es subrayar de paso, que el Gobierno no posee al dìa de hoy, autoridad moral para pretender encerrar a la gente. Lo ocurrido el 17 de octubre del 2020, con la supuesta “Lealtad” a Pròn y Eva, el velatorio irresponsable de Maradona y el delirio de “los pañuelos verdes”, durante el tratamiento abortero en el Congreso, son muestras suficientes de la ausencia de criterio del oficialismo. El mismo que después, con ciertas nefastas complicidades provinciales y comunales, apuesta al asfixia del pueblo paciente por demás.
Olavarrìa no escapa ni se esconde del paraguas protector de la tremenda hipocresía circundante. En medio de una ola de contagios, producto esencialmente de la perversa acción de pocos incautos e imbéciles, empiezan con un operativo de cazar brujas inexistentes en sitios no complicados.
En vez de castigar a los auténticos responsables del lìo perverso y cruento, lèase “fiesteros” de bailes caseros o en quimtas; lèase dueños de pubs, restaurantes e improvisados boliches, que ni controlan la cantidad de parroquianos que ingresan a esos lugares céntricos y allende el Tapalquè, ni tampoco les preocupa la ausencia de tapabocas en sus clientes.
Pero no, mis amigos, la mano dura del Estado Comunal, se pretende posar sobre otros sectores: ferias al aire libre, casi remotas por cierto, porque son cada vez menos las que permiten; iglesias y eventos culturales.
Una forma cobarde de hacer creer que se actùa en consecuencia, en relación a los hechos. Vileza total de un Municipio inclinado ante Provincia. Coartan libertades a las personas que no molestan, que no tienen culpa alguna, en vez de torcer el brazo a los irascibles indómitos, verdaderamente culpables de los contagios y, por què no, de esta desazón presente tan terrible. Uno lo único que puede suponer desde el llano y la bronca y el sentido comùn, es que hay “señores” a los que no conviene molestar.
O sea, la vida nocturna se restringe apenitas, en aras de no dejar sin laburo a muchas personas de la gastronomía y de los boliches en general. No hay que confundir: no expongo el laburo en sì como eje del mal; sino los condimentos previamente dichos. Repito: màs gente adentro de los sitios de esparcimiento y sin barbijo.
De las denominadas “fiestas clandestinas”, podríamos referir miles de renglones. Se dieron cita durante la cuarenta estricta y siempre, desde marzo del año pasado, hasta aquí. Los castigos han sido superfluos, es evidente.
La Comuna no puede cubrir cada hogar: no lograrà jamàs desactivar cada festichola que se orqueste. Pero sì fácilmente puede refrescarle la memoria a los bolicheros céntricos sobre deberes mínimos de convivencia actual. Y NO LO HACE. Tengo decenas de testimonios de personas que, estando en restaurantes y pubs, ha visto pasar móviles de Control Urbano o policiales incluso, y nada, ni una sola advertencia.
La conclusión es locuaz, directa. Hay ciertas áreas que no se pueden tocar. Si no, es inviable tanta hipocresía. Y, por otra vereda marcha, claro, la insoportable mansedumbre de este pueblo conservador que administra muy bien su genuflexión y quietud.
Por Mario Delgado.-

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Opinión

Actitudes y reflexiones

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Otra ola imponente de Covid 19. Esta vez, màs fuerte aùn que la anterior. Màs peligrosa. Entonces vuelven desde las sombras chinescas, los profetas del encierro. Es una magnìfica oportunidad para desalentar a la gente de buena voluntad y esgrimir la espada del miedo absoluto.
Tienen al alcance las cifras demoledoras. Tomadas hoy con suma asiduidad. El tema redunda, empero, en deschavar la cuestión, en proferir ciertas verdades que tratan de mantener bajo siete llaves.
Cualquier mortal consciente, puede interpelarlos y no desean verse envueltos en tal intríngulis comprometido y elocuente. La simpleza de los hechos acusa desde su balcón y se muestra para quien tenga la suficiente capacidad crìtica imparcial y concreta.
Hemos superado la barrera de los presuntos contagios diarios con creces. Y de los fallecidos también. Es triste. Por otro sendero marcha, al unìsono, el hartazgo del personal sanitario. Cansados al extremo. Se podrá sintetizar con seguridad y sapiencia que hoy saben màs del virus chino, que se hallan curtidos, que no es idéntica circunstancia a la experimentada el 2020 caòtico y único. Mas habrá que subrayar en el mismo renglón del análisis, la presión sufrida desde entonces, desde el maldito inicio de las interminables cuarentenas.
La salud està resentida. Mal humor, pésima atención en algunos casos puntuales y comprobables y patologías por demás descuidadas a raíz de la preponderancia del virus coronado.
Un lamentable combo no observado, al parecer, por cientos de almas pretendidamente dìscolas que se han relajado en demasìa y no atienden, ni siquiera acatan, las mìnimas y esenciales normas de convivencia frente a la situación conflictiva del momento.
Gente sin barbijos en parques y paseos. Pero lo que resulta peor, juntadas “clandestinas” en casas o quintas, y pubs, y otros boliches similares repletos, y donde los tapabocas brillan por su demencial ausencia.
Y aquí viene el quid de la cotidianeidad. El impulso frenètico del Covid. Seamos claros: si tales sitios se atestan de incautos y rebeldes, si los propios dueños no instalan la orden y la hacen cumplir de no quitarse el barbijo, luego de beber o comer, la milanesa se cocina indubitable.
O sea, sin eufemismos, mis amigos: la gran pesadilla de los infectados de hoy, que pululan luego como posesos por los centros de hisopados, proviene de estas presencias en bares, pubs y espacios afines, donde convengamos y agreguemos, tampoco se respeta la cantidad de humanos permitida ni el necesario distanciamiento social intrínseco.
Como todos concordamos en los desastres económicos del año previo, los bolicheros sostienen su trabajo a ultranza, aùn, insisto, sin medir consecuencias colaterales.
Vamos definiendo dos responsabilidades, pues: la mismísima población concurrente a los boliches y fiestas ocultas, los encargados y/o dueños de los establecimientos y una tercera pata la recibe la autoridad comunal, ejecutora de la vigilancia ciudadana.
Los controles pueden sentirse quizá como laxos. Sobre todo en los negocios céntricos o los allende al arroyo Tapalquè. Si los olavarrienses saben lo que es ya común, ¿por què se trata tanto de encubrir estos cuchitriles? Por algo factible de entender: la venta imperiosamente necesaria y la impunidad que ameritan ciertos “señores” a la sacro santa hora de cumplir las normas en curso.
Hay hijos y entenados, se advierte. A vista de todo el mundo se burlan de los miles de vecinos que han respetado y todavía lo hacen. Pero es màs fácil cerrar otros sitios sin culpa alguna, como templos, por ejemplo. No embromemos màs. La falta de pelotas hace que se desvìe la atención del pueblo.
Y la consiguiente mansedumbre urbana continùa intacta. Y las personas del común, prefieren sufrir restricciones en vez de alzar sus gargantas y gritar la veracidad de los hechos.
Ojalà no vayan por las escuelas y el transporte público ya de por sì, vapuleado e irrespetado. Y quieran los dioses que despierten los espíritus adormilados y salgan de las cavernas. Porque hay un universo màs allà del encierro críptico y demonìaco.
Por Mario Delgado.-

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