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Opinión

Malvinas, 38 años después

Las Malvinas son nuestras. Los muertos y vivos que lucharon, también.

Publicado hace

La multitud arremetió contra el presidente de facto, el Teniente General Leopoldo Galtieri, en aquel 27 de marzo de 1982. Eran los últimos coletazos de la Dictadura del “Proceso de Reorganización Nacional” y la población argentina se venía hartando de tanta demencia. 

Sin embargo, vale tener buena memoria, mis amigos, y poner en relieve un giro, un virtual cambio de actitud de casi un millón de almas que, pocos días después, salieron a la calle a aplaudir un gesto tremendo del mismo hombre que, muchos de ellos, habían puteado literalmente. 

Es que, entre whisky y delirios de poder, el militar desde su sillón de mando usurpado, había decidido acudir a un recurso extremo: iniciar una guerra abierta contra la Gran Bretaña por la posesión de las sureñas Islas Malvinas. 

Entonces la patria se vistió de ambivalencia total. Por un lado, surgió de la nada, un pretendido sentimiento de amor único a la nuestro, a lo nacional. Y, por otro, pese a las circunstancias tan pendulares, continuaron los bailes y la juerga habitual. En el extremo del territorio, se debatían soldados argentinos. 

Campañas para ayudar a los combatientes e informaciones barnizadas de sensacionalismo, fueron moneda corriente. En las remotas islas, gente moría de hambre, de frío o por balazos certeros. 

Toque de queda y vida en movimiento, por estos lados. Militares y curas daban su visión. Fotos de aviones y helicópteros derribados sembraron la semilla, imitando el tablero de un partido de fútbol.  “Vamos ganando”, decían algunas revistas que, incluso, contabilizaban pérdidas y ganancias como si fuese insisto, un cotejo deportivo. 

Entre abril y mediados de junio, 649 compatriotas se fueron al cielo. Se hablaría luego de otros más muertos en tierra aún. Reivindicación todavía pendiente, si verdaderamente fue así. 

Las sombras de las contradicciones y los yerros de estrategia, debilitaron la euforia de un país que sólo consumía productos “Made in Argentina”. En las radios sonaban los cantores nacionales y era mala palabra lo extranjero. Lo anglo sajón, por sobre todo, claro. 

Los días transcurrieron y las ínfulas del régimen se desvanecían. No íbamos triunfando y las mentiras se filtraban entre un pueblo decepcionado. Y la verdad se abrió camino, felicitando a los auténticos héroes y dejando de lado a burócratas y cobardes. 

“Galtieri, borracho, mandás matar muchachos”, gritó la muchedumbre en todos lados. Y fue el fin de un cuento. No quita, empero, el mérito de soldados y militares valientes que se la jugaron en un conflicto complejizado desde su génesis. 

Las Malvinas son nuestras. Los muertos y vivos que lucharon, también. Aunque se los metió, terminada la contienda, en un frezeer. Despojados de toda gloria y honor. Galtieri voló al poco andar y hubo elecciones libres un año y fracción más adelante. 

Entre sueños y anécdotas, llegamos a 38 temporadas de aquella gesta única. Una pena que sigue doliendo en el corazón. Muchos de los que pelearon, se suicidaron con el devenir de los tiempos. Vívidas imágenes terribles en sus retinas. Otros han sobrellevado la cruz y se han fortalecido en el afecto de los suyos. Les debemos a todos un aplauso gigante. 

Un país no acostumbrado a guerras, en estos siglos nuestros, perdió una. El exitismo también cuenta en estas lides, cómo no. 

¡Gloria y honor por Malvinas!

Por Mario Delgado.- 

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