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Opinión

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Publicado hace

“Cambiate que vamos al centro”, nos decían.
Y teníamos 3 clases de ropa: la que era para jugar, la de andar todo el día y la otra, la ropa nueva, intocable, divina, esa que sólo estábamos autorizados a usar en alguna ocasión especial.
El centro quedaba a unas 20 cuadras de casa. Mi vieja nos subía al colectivo y estábamos un par de horas recorriendo el Supermercado, comprándo mercadería para todo el mes. Para mi era como viajar a Europa: veía otra gente, salía de casa, otras calles, otros autos, y de paso me sentía poderoso cuando pasábamos por la caja con 2 o 3 changuitos llenos.
“Cambiate que vamos al centro”.
El lugar donde se rendía examen ante otras miradas, de esas que solo ven lo que llevas puesto. “Mira como tiene los chicos”, decían. Todos impecables. Aceptación de la sociedad y todos tranquilos.
Lo entendí con el tiempo. 
Me rebelé un día en que me quedé con las zapatillas nuevas un rato de más y me puse a jugar con la pelota. Fue un placer, porque me di cuenta que siempre iba a estar más cómodo con las usadas, porque con esas pateaba mejor, caminaba mejor y eran como una extensión mía. 
No me acuerdo si la patada en el culo por haber hecho eso, me la dieron con zapatos nuevos o viejos. Da igual. 
Por suerte, dejé de cambiarme para ir al Centro o a cualquier lugar del planeta, cuando comprendí que uno siempre es el mismo.
Como dice Serrat, “del derecho y del revés, uno solo es lo que es y anda siempre con lo puesto”.
Y nunca es triste la verdad, pero esta, tuvo remedio.

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