Misa por la unidad y la paz: esos gestos que tanto faltan

Pero si hasta se le caía a uno un lagrimón al ver a los dos líderes políticos juntos. Hablando y saludándose como corresponde. Con ellos, sus respectivas parejas. El rictus religioso en la Basílica de Luján, fue importante: despejó inquietudes y transportó hacia otra dimensión a nuestros espíritus. 

La Conferencia Episcopal Argentina, presidida por monseñor Oscar Ojea, convocó a Mauricio Macri y a Alberto Fernández y gran parte de ministros, secretarios, legisladores y sindicalistas. Como así también a componentes de varios estamentos de la fe, léase católicos, ortodoxos, musulmanes, judíos y evangélicos.

Hubo algunos ausentes de fuste; una auténtica lástima. Entre los no presentes, se contabilizó a Cristina Fernández, Horacio Rodríguez Larreta, Eugenia Vidal y Axel Kicillof. 

Pero fue una fiesta, pese al calor agobiante. La imagen de la morena virgen expuesta en su día y los discursos proclives a la reconciliación nacional, sobresalieron, como una vital dosis de cambio de conductas que debiera de una bendita vez, operar en este país nuestro, tan dividido y enfrentado. 

Cada mensaje propinó un golpe de martillo sobre idéntico pedido. Cada expresión de deseo, instaba desde lo más profundo, a quitar las diferencias y buscar con denuedo las coincidencias. 

Nunca ha sido y ahora menos, momento de confrontar. Sin embargo, nos hemos detenido en el “chiquitaje”, en la egoísta mezquindad del individualismo más feroz. Y así nos viene yendo. 

Las palabras de los diferentes religiosos no han de caer en saco roto. Como tampoco el instante del abrazo entre el hombre que se va y el que arriba a Casa Rosada. Esos momentos distendidos fueron vistos por millones de almas en todo el mundo. Magnífico ejemplo que no se da a menudo por estas latitudes sureñas. Es menester, pues,  reconocerlo para iniciar luego una novel etapa. 

La mancha del odio cubre a la Argentina desde su génesis. Y cada nueva acción, ha servido para incrementar, de cierta forma, ese sendero oscuro y sin salida óptima. Unitarios o federales, conservadores o radicales, peronistas o gorilas, miliqueros o zurdos, kirchneristas o antik y la lista podría seguir largamente. 

Ninguna antinomia ha construido algo loable. Por el contrario, nos ha ayudado esa actitud hostil, a retroceder un paso más. Aunque en algún punto, estaría bueno frenar la máquina del desprecio al que no piensa igual a mí, y comenzar una diferente meta. 

Lo expuesto en la víspera en la ciudad de Luján fue conmovedor. Más allá de creencias o de fe en alguna religión en especial. Nadie con sensibilidad y concretos anhelos de ver mejor las cosas, podría haber permanecido indiferente. Fue un mediodía para poner la piedra basal. Para abrir la mente y el corazón. Y el abrazo de los dos antagonistas, abre puertas. Ojalá no sea tan solo un espacio teórico, momentáneo. Sino que sirva para atraer a todos a un mismo redil: el de la patria. 

No es significativa la diferencia. Hay que trabajar por la edificación colectiva de una Argentina integradora de verdad. De grietas y rencillas, ya sabemos demasiado. ¿Por qué no sustentarnos ahora con otro alimento?

Por Mario Delgado.- 

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