Envuelto en las sombras

La pared del Cementerio Municipal, que da a la calle Independencia, es todo un cúmulo de sombras. Y todavía cuando aún no es bien de noche, se percibe. Hay que andar con cuidado. Extremar recaudos.

Pero las cosas suceden, no obstante. De golpe, con el certero mazazo de la delincuencia. Porque un ratero trastoca porque sí la cotidianeidad serena y normal de una desprevenida víctima.

El sujeto debe ser joven o adolescente aún. Camina raudo, de sur a norte. Viste un buzo con capucha. Y porta una mala intención. Al llegar a ponerse al lado de una mujer que camina conversando con un amigo por Independencia, el individuo la intercepta, tironeando rápido de la cartera de la señora que trata infructuosamente de retener su pertenencia de color negro.

El forcejeo hace que la dama caiga al suelo. El malhechor huye, cobarde y seguro de haber completado su fechoría. El acompañante de la mujer, ni se enteró de la vil maniobra, ya que no hubo ningún entrecruce de palabras.

Se “puso en autos” al ver a su compañera caída. Luego los comentarios, la corrida ciega e inútil en busca de la lacra. Y las conclusiones prontas de lo que se llevó en apenas una fracción de minuto: la cartera, como ya dijimos, el celular, un par de anteojos recetados, la Tarjeta Sube, las llaves del departamento, cien pesos en efectivo y la bronca inusitada de la pérdida ocasionada y los trastornos que terminó ocasionando el pérfido.

Una agotadora tarea posterior para conseguir un cerrajero. Y un impensado gasto extra. Y los trámites para mantener el número del teléfono móvil, y una larga chorrera de etcéteras. Todo por cuenta y orden de un hampón de feria que actuó amparado en las sombras de una arteria sin nada de luz.

La otra cara de la moneda expresará que el muchachón vendió el “celu” por dos monedas, para adquirir algo de “merca”, que se gastó los cien pesos en una birra y que lo demás lo arrojó al vacío.
Por ahí, como al descuido, no faltará alguien que se compadecerá del victimario y esbozará los argumentos de siempre, en su defensa.
Pero, a no discutir con esas mentes afiebradas. Hasta que a ellas no les suceda algo similar, hasta que no les toque la desgracia en serio, no entenderán de las razones prácticas de la vida en comunidad.

Por Mario Delgado.-

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