Una armonía que no está

Hubo otras crisis. Y otras formas también de encararlas.

Hubo otras crisis. Y otras formas también de encararlas. Y, a días de conmemorar diez años del fallecimiento del sacerdote Jesús Mendía, viene a mi mente citar aquellas viejas tácticas de ayuda a los necesitados. 

Porque, los memoriosos lo recordarán, hubo a mitad de la década del noventa, una “Comisión de Desocupados” que se reunía en la sede del SOECO local, en la calle Coronel Suárez, en Pueblo Nuevo, y que fue abriéndose camino en medio de la maraña de la desesperanza de muchas familias. 

Su tarea básica era contener a los que no poseían el tesoro del empleo. Y tratar de darles un auxilio en la situación de caos generalizado. 

Esa labor titánica, por cierto, fue ardua y tenaz. Sin embargo, y hete aquí lo que este servidor quiere subrayar con fibrón rojo, hubo una catarata de entidades y personas que se pusieron a disposición del grupo, para fortalecerlo y aportar propuestas válidas. 

La Municipalidad, con su área de Acción Social, que encabezaba por entonces la doctora Stella Dufour, varios sindicatos, y las iglesias evangélicas y católicas, con el pastor Jorge Videla y el padre Mendía al frente, lanzándose al ruedo de lo que propone el apóstol Santiago, léase asistir a los que precisan la mano extendida. 

Maravillosos logros se alcanzaron con este engranaje aceitado. No fueron inclusive pocos los puestos de trabajo conseguidos. Y el rol espiritual sustentando también a las almas alicaídas. Testimonio de esto que expreso, podrá dar con lujo de detalles el señor Oscar Mandagarán, quien presidía justamente la citada Comisión de olavarrienses sin laburo. 

O sea, sin más preámbulos, fue una obra en conjunto, entre varios actores, tirando de idéntica soga para desempantanar el carro. Sin personalismos absurdos, ni rencillas, ni culpas echadas al otro. El Estado y los particulares unidos en aras de un objetivo común y, obviamente, imprescindible en tal minuto. Y hoy también, por supuesto. 

Más allá de las posturas partidarias que cada quien tuviese. Sin agresiones espurias y cobardes, esgrimidas a veces en la actualidad, sólo para garantizar un poco más de leña en el fuego fatuo encendido. 

Por Mario Delgado.- 

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