A un año de la muerte de Darío Labaca

En tiempos de homenajes sentidos y de recordaciones que amortiguan un tanto, la inmensa mediocridad a la que somos sometidos cada jornada, bien vale, mis amigos, hurgar un poco en la memoria y situarnos, aunque más no sea, a vuelo de pájaro, en la pérdida, un 14 de junio del año 2018, de un compañero de tareas, de un compinche, de un individuo que poseía un espíritu rebelde pero, a la vez, un corazón de oro: el enfermero profesional Darío Labaca. 

La primera vez que tomé contacto con él fue allá por noviembre de 1996, en la inauguración del Palacio Belgrano. Hacíamos un móvil para Radio Libertad y él se hallaba en estudios de la emisora. De ahí en más, fuimos compartiendo diversas notas y programas, ya que tenía una gran afición por la radio. 


Condujo varios envíos donde desarrollaba su amor por la música internacional y deleitaba con grageas de publicidades del ayer. Su vozarrón era audible desde lejos. (Por eso lo bauticé “El Mudo”). Así también como su ironía y acidez ante determinadas circunstancias. Es que el tipo no aducía filtros: decía las cosas tal cual las veía y a cualquiera. 

Tal actitud le acarreó cambios casi constantes en sus destinos de trabajos. Había pasado, pues, por todas las salas municipales. Ya a lo último, y por su salud, realizaba solo tareas administrativas. 

Había nacido Darío un 31 de diciembre (nada menos que justo ese día) de 1966. Su papá fue empleado de Coopelectric y su mamá docente. Tuvo una hermana  con una descendencia que él adoraba. Eran sus sobrinos su cable a tierra, su costado tierno. 

Militó en política desde joven. Primero la UCR y luego el socialismo. En cada elección cubría varias escuelas en su función de fiscal general. Renegaba a veces de tal función. “Ya le dije a Marcelo Galbán (dirigente del PS local) que no quiero saber más nada”. Y volvía después sin chistar. Así era él, tozudo y a la vez querible. Pero claro, había que entenderlo. Y no para todos era ésta, una materia fácil de asimilar.

Quizá por traumas escondidos. Tal vez por efecto de cierta opacidad, pero lo concreto es que se fue aislando. Frecuentando entonces, tan solamente pocos ámbitos: lo del “Chino”, su zapatero amigo, la Bicicletería Barbosa, y algunos contados recintos más. 

Le gustaba mucho colaborar con mi programa, haciendo notas. Y dos por tres nos poníamos a filosofar frente a un plato bien servido y una botella de cerveza con nombre de mujer. Era de buen comer. Y de ilusionarse con una radio propia. Aunque los costos no se lo permitieran. 

Llegamos en muy exclusivas ocasiones a discutir en serio. A Darío no le entusiasmaba la hipocresía y su frontalidad, lo excluyó de varios sitios. Sin embargo, jamás hubo una pelea entre nosotros, un enojo. Lo cual no significara que fuese él menos crítico a la hora de emitir sus opiniones teñidas de sabia argumentación. 

Ateo manifiesto, respetaba empero a quienes profesaran una fe con convicción y sin dobleces. Sin poder dejar atrás su apetito voraz, obtuvo una licencia laboral para corregir su estado de salud decaído. Fue a ver especialistas y trató en vano de reencausarse. 

Fumaba de vez en cuando, algún habano. Sus historias sentimentales, iban cargadas de desilusión y fracaso. Hasta que el cuerpo dijo basta y cayó internado. “Voy a seguir colaborando con vos”, me dijo aquel lunes 11 de junio. Fue la vez postrera que me habló. Cuando volví al Instituto Médico el miércoles 13, ya estaba sedado. El enfermero de turno me fue sincero. Describió un cuadro dantesco de infección generalizada en mi amigo. 

En la mañana, bien temprano, del jueves 14, se fue Darío hacia las estrellas. Para pasear por allí con la foto del “Che”, con su saxo que tanto añoraba, con su simpleza y su aparente frialdad. 

Hace hoy un año, fallecía un rebelde con causa. Un buen sujeto, al que sin dudas, muy pocos comprendieron de verdad. Un alma solitaria y carcomida por penas invisibles. Un gran tipo, en definitiva. Hoy, desde acá, te digo, extrañándote por supuesto: “Hasta siempre, Mudo”

Por Mario Delgado.- 

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