Hablantes

(Por Elias El Hage) Perón tenía un discurso potente, coloquial, repleto de guiños y con su propia fraseología. Su gran eficacia era que todo el mundo entendía claramente cuando hablaba.
Evita era ella hablando y eso es decirlo todo. Alfonsín era sobrio pero también vibrante, con un léxico muy rico.
Menem era tosco, no hilvanaba conceptos, y su astucia y simpatía innatas les sirvieron en parte para disimular esta carencia.
Kirchner no era especialmente dotado para la palabra, sin embargo se apoyaba en un decir severo y cálido, una forma de enunciación que imponía autoridad.
Cristina, con gran tradición parlamentaria, es de lejos la mejor oradora, aunque con tendencia al oxímoron: hablaba muy bien y –en ocasiones- comunicaba mal: es sabido que uno de los reproches que le hicieron fue que sus bases a veces no la entendían, pero tenía una retórica ágil, sarcástica, punzante y una forma de articular pensamiento y lenguaje con un histrionismo único.
Macri no sabe hablar sencillamente porque no ha leído, porque carece de marco teórico y de estaño práctico (eso también confirma la pésima calidad de sus chistes), y además tiene problemas de prosodia: si bien lo han reeducado bastante haciéndole morder como ejercicio una birome bic para que lo que hable sea más comprensible al oído del otro. Para colmo le está pasando lo peor: le piden que sobreactúe el enojo y allí su discurso se presenta inverosímil y por lo tanto ineficaz.

El gran orador habla sin papeles y su mente funciona en dos planos: eso que está diciendo y hacia dónde va.
Hay veces que hasta al gran orador lo arruina el contexto. Sarmiento, potente orador, escritor notable, había escrito su primer discurso al momento de asumir la presidencia de la Nación, pero se lo bocharon y tuvo que leer un texto ajeno. Y era Sarmiento.

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