Murió “Tito” Stebelsky: un paladín de la militancia desde el corazón


La memoria vuelve pronta, por estos minutos, luego de enterarme de la partida hacia la eternidad de Norberto “Tito” Stebelsky, a sus 75 años de edad, a esa noche espléndida de mediados de los ’90, cuando me lo encontré junto a su esposa Eugenia “Kenny” Velazco, en la esquina de Dorrego y Lamadrid, pegando afiches partidarios. 

La charla se prolongó tanto entre los tres que la pila de carteles que llevaban consigo, quedó muda, aguardando por un prolongado rato. Volamos hacia la década del ’70, a esos aciagos momentos de persecución y caos. Al lapso de terror que enlutó a la Argentina. 

Y luego lo volví a ver cuando la desocupación ya era insostenible por estos pagos nuestros. Entonces formó la Coordinadora de gente sin trabajo, que se llamó como le decían a su esposa, una vez que ésta se fue al más allá, muy joven por cierto.

Siempre vernos era motivo de alegría mutua. Enseguida manoteaba la revista “Alternativa Socialista” de su Movimiento Socialista de los Trabajadores. Y me agradecía incluso aquellas lindas notas que logré hacerle, que más que una entrevista puntual, se convertía rápidamente en un esbozo de la realidad con la voz de la experiencia y la pasión intrínseca por un mundo mejor que él tenía. 

Militante de la vida, observó que las fiestas de fin de año no eran precisamente alegres para todos, y pergeñó la “Navidad Amarga”, una especie de espejo céntrico de las crisis apoteóticas y reiteradas en este bendito país. 

Como creía en la superación y en la educación, desde luego, se metió en la Facultad de grande y se recibió allí con excelente promedio y conducta. Ejemplo para muchos y querido por todos sus pares. 

Ateo por convicción y coherencia ideológica, se hizo amigo del sacerdote católico de su barrio. Y colaboraba en la iglesia como un devoto más. Porque así era él: un sinónimo de lo que se entiende por buen tipo. Más allá de filosofías humanas y grietas inventadas para la ocasión. 

Las pancartas en las marchas y en las sesiones legislativas, fueron una constante. Y su boina. Y su sonrisa al verme. “¡Compañero!”, me decía abriendo los brazos cálidos. Su vozarrón y su corpulencia, conocían también de afectos y amistad única, sincera. 

Su calidad como político de ley y de raza, jamás tuvieron sin embargo, respaldo popular pleno. Nunca alcanzó la cantidad suficiente de votos como para llegar a una banca de edil, por ejemplo. Incongruencias de la vida, diríamos. Querido por todos; no era votado por muchos. 

Otro episodio que nos unió fue cuando le usurparon su local partidario, en Vélez Sarsfield casi 25 de Mayo. Todavía está ocupada ilegalmente esa propiedad. Esto pasó allá por las Primarias del 2011. 

No sólo le birlaron ese domicilio, cedido por su propietario a “Tito” y su gente, sino que le tiraron toda la bibliografía acumulada en el sitio, con volúmenes muy valiosos, de alto contenido político e histórico. 

Nadie resolvió el dilema y el MST local, nunca más tuvo sede, a no ser la misma casa del veterano referente de apellido ruso o “soviético”, como solía decirme en broma. 

Ya enfermo, era más difícil verlo. Pero su figura aparecía entre las calles, en el recinto deliberativo, en las charlas de café. Como se lo podrá divisar, mirando bien, con los ojos del alma, de ahora en más.

Volará raudo por las estrellas en su bicicleta, con sus revistas y carteles. Con su animosidad pese al dolor y las luchas políticas. Con la complicidad de tantas manos extendidas. Con el valor de haber sido lo que predicaba. Un laburante, un proletario, un jubilado. Sin lujos ni grandes sueldos, como tienen ciertos pseudo izquierdistas que sé, pululan por aquí.  

Lo amó la derecha, el centro, la zurda. Personaje entrañable de la política vernácula. Émulo de Lenin y del Che. Pero también de los valores más comunes, más del llano. Ni ateos ni cristianos, lo olvidarán muy fácil. Ni nadie que lo haya tratado.

Amigo, descansa en paz. 

Por Mario Delgado.-   

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