Inseguridad: hablar de frente

Sólo para entendidos…

 Cierto pastor evangélico, que visitaba las cárceles, quiso ver a un detenido muy peligroso. El sujeto en cuestión se hallaba aislado y era realmente un gran riesgo entrar a su celda. 

Le acercaban la comida por un hueco en la puerta de gruesos barrotes y la hostilidad del mentado presidiario, no ameritaba mayores comentarios. 

No obstante todas las precauciones, el religioso pidió que se lo dejase ingresar. Por ser un hombre reconocido allí y por su obra tan ponderable, el Jefe del Penal lo autorizó, tomando eso sí, evidentes recaudos. 

Varios guardias bien dispuestos, aguardaban cualquier movimiento extraño para actuar. La tensión crecía a raudales en ese ambiente carcelario. 

Finalmente el pastor puso los pies dentro de aquel rectángulo maloliente. Poco iluminado, el sitio era deplorable. En un costado, un pobre camastro y en otro recodo de la celda, un lavabo y un espacio que oficiaba de baño. Algunos cacharros y varias revistas. Mínimo decorado sobre las paredes gastadas que contenían frases inconexas y rayitas contando los días de encierro. 

Los avezados empleados penitenciarios contenían la respiración. La responsabilidad era bien compleja, ya que si algo anormal sucedía, ellos tendrían que proceder de inmediato. 

La cara curtida del malhechor se contrajo. ¿Quién era ese desconocido de corbata floja y saco azul que se metía en su mundo de hierro y soledad extrema?

Casi no hubo palabras. Un breve saludo del pastor y un gesto inusitado, inédito, impensado se produjo, eclipsando cualquier teoría. El visitante se movió rápido e imperceptible. Fue un segundo apenas. Pero algo cambió para siempre en la vida miserable del condenado. 

El pastor sin preámbulos, abrazó muy fuerte al preso y ese abrazo se prolongó lo suficiente para que el hombre rudo, malvado, sin escrúpulos, ni arrepentimientos de ninguna índole, comenzara a lagrimear hasta casi llorar abiertamente cual niño. 

Los expectantes guardias no podían entender demasiado. Anonadados, se movieron incómodos pero interesados en lo que acaecía a metros nomás de ellos. 

“Jamás nadie me había abrazado”, murmuró el reo, temblando como un cordero. 

Por Mario Delgado.- 

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