¿Prescribe el dolor?

Los vaivenes judiciales, las dudas, las conjeturas, los testigos callados, los velos del dolor, todo se intenta tapar, o al menos acentuar, con la prescripción, con el definitivo encajonamiento de un hecho acaecido en los albores del 2012.

Apenas días había cumplido ese año, cuando a eso de las cero horas del cuatro de enero, Cristian Ezequiel Ponce, de veinte años de edad, al comando de una moto Zanella de 50 centímetros cúbicos, se dirigía de su trabajo en la barra del Club “El Fortín”, hacia su casa donde vivía con su mamá y hermanos. 

Se trasladaba por la Avenida Pringles. Pero su corta existencia sufriría un hito crucial, una estocada mortal de la que, todavía en la actualidad, no se sabe en concreto, a ciencia cierta, cómo y por qué se esta circunstancia atroz, robó su valor más preciado: su vida misma. 

Entonces al llegar a calle Coronel Suárez, aparece en escena un vehículo que lo embiste, obligando al cuerpo del infortunado joven, a volar y dar bruscamente contra un contenedor ubicado a escasos metros de la esquina. 

La bruma del tiempo irá disipando huellas y voces que quisieron alzarse. Porque incluso un testigo que ejercía el oficio más viejo del mundo, fue intimado a no explicar nada. El muchacho es sordomudo y vio los aconteceres esa noche tétrica. Mas ahí quedó, sin exponer nunca su versión, o al menos una visión más de lo sucedido. 

Luego, con el correr de las sendas investigativas, se observarían otros casos calcados, con personas “silenciadas” en su voluntad de contar lo que divisaron. 

Dirá el frío papel de las presunciones, a través de la señora Fiscal Viviana Beytía, que el pibe en cuestión, “iba probablemente borracho y por eso no reparó en el peligro en ciernes del contenedor”. La familia de Cristian, sostendrá en cambio, que no bebía. ¿Quién tendrá la razón?

El conductor del rodado que embistió al muchacho, se percató de lo ocurrido y huyó por la arteria principal de la ciudad. Su actitud cobarde sembró inquietantes comentarios nunca develados del todo. Desde su nombre y apellido que circuló, pronunciándose entre dientes, hasta aparentes motivaciones para “embromar” al pibe. 

Quedará la sospecha flotando de su real intención. ¿Quiso sólo asustarlo y se le fue la mano? O en cambio, ¿fue un hecho fortuito y se asustó? Los datos más fehacientes recabados, empero, dijeron que era un individuo con conexiones importantes. Tan importantes se desprende, que hasta hoy la situación quedó en stand by.

“Estaba bebido y se quería matar, por eso arremetió contra el compacto contenedor”, dijo una fuente oficial de la Justicia. No obstante, quienes conocían al joven sabían de sus sueños, de sus proyectos que no se vinculaban para nada con un posible suicidio. 

El 4 de enero del 2012, a las seis AM falleció Cristian Ponce en el nosocomio local, como consecuencia de las heridas recibidas. 

Se abría un libro de investigaciones inconclusas, exhibidas al parecer sin demasiado esfuerzo, de cortísimo aliento. El volumen hoy se halla cerrado: fin de la causa. 

Las penas de los familiares, los dolores internos, no se aquietan con palabras vanas o huecas. Se calmarían un poco con el pleno conocimiento de la verdad. Verdad esquiva, bamboleante aún por estos días. Aunque en el fondo, haya almas compungidas que saben más de la cuenta y no se atrevan a gritar por temor, por miedo a represalias. 

Algo raro fue aquello. ¿Algo imprevisto? ¿Un brote de locura repentina en un sujeto de veinte abriles? ¿O un golpe maligno de un señor con trato directo con las altas esferas, que necesitaba vengarse de algo? 

A casi seis extensas temporadas de esa hora fatídica, todavía claman los afectos del occiso porque se llegue al meollo de la cuestión. Por ironías del destino, otra persona más ha perdido su vida en esa misma intrigante esquina. 

Por Mario Delgado.-   

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