Percepciones, entre traficantes y menores al acecho

Los cables sueltos de la actividad delincuencial local, parecen toparse por estos días de clima raro, con dos elementos a considerar como vitales: por un lado marchan a paso redoblado las investigaciones por tráfico de drogas y lavado de activos que involucran a personajes vernáculos que, es evidente, la juntaban a montones a la plata a costas de los drogadictos casuales o híper activos, y por otro lado, la andanada imparable al parecer, de menores “rapiñeros” haciendo de las suyas en varios lugares de nuestra ex tranquila ciudad.
Los hechos de público conocimiento de la caída en desgracia de “popes” de la droga (¿Caerán todos..?), no terminan aún de cerrarse y el tema investigativo seguirá llevándonos a nombres que probablemente asombrarán.
En segundo orden, las situaciones son también estremecedoras, dado que no son pocos los vecinos que la pasan mal a causa de los maleantes precoces.
Sierra Chica ha sido el ejemplo emblema. Quizá incluso el más desbocado en sus caracteres, con un protagonista fuera de control que fue internado en un Instituto hace semanas.
Claro que los vericuetos legales lo han traído otra vez a escena en su reducto. Parte el muchacho de un entorno sin Dios ni Ley. El irascible pibe sólo mamó violencia y maldad. Y ahora las consecuencias salen a relucir, trayendo desazón en la población picapedrera. Ha vuelta a las correrías y a amenazar a sus mismísimos vecinos. Ante tal panorámica, cabe una reflexión: ¿Cómo es plausible dejar en libertad de acción a semejante monstruo socialmente no preparado para vivir en comunidad?
Probablemente los sendos argumentos judiciales sean tajantes. Y no faltará tampoco quien, de paso, critique al Estado y demás allegados por semejante resultado. Culpabilidades habrá para repartir, desde luego.
Pero no vivimos fuera de un sistema; nos atenemos a él. A lo mejor las respuestas han de arribar cuando la cosa en sí, discurra con una víctima fatal.
Y en un barrio de Olavarría, el Bancario II, se calca tal circunstancia demencial y sucede idénticamente lo mismo. Lo único que difiere es la edad del indeseable: en este caso, cuenta con tan sólo 14 años de edad, contra los 17 del sujeto de Sierra Chica.
Roba, con utilización de arma blanca y daña. Sin perjuicio de que esas almas victimizadas por él, son vecinos de la zona. Un esclavo de las sustancias prohibidas que opta por retroalimentar las furias del infierno.
Las familias se disgustan, se hartan, mas a su vez, tienen temor por sus hijos, por sus propiedades. Esta lacra es un peligro andante y no sería novedad si alguna casa apareciese quemada.
No es broma enfrentar a la oveja descarriada, que vive, ¡oh sorpresa!, en una vivienda usurpada.
Y otra perlita para pulir, ya que estamos en ambiente, son los “escapados” de “Cumelén”. Viejo y nuevo dilema sin salida de emergencia. Lucha constante por reivindicar un esfuerzo para reubicar a los adolescentes y jóvenes con problemas bien complejos de adicción, y dónde cuernos situarlos geográficamente.
Sacarlos de donde se hallan hoy, es una petición a voz en cuello de gente del barrio AOMA. Resultan para muchos, una bomba de tiempo. El régimen abierto lo permite. ¿Pero qué hacemos con el Programa y con la sede?
Y los asaltos crecen y se multiplican. Y la paz social ya no es cual otrora. Se roba en el centro, también. Nadie puede afirmar que no se hace al respecto. Sin embargo, la bestia embiste una y otra ocasión.
Por Mario Delgado.-

Comments are closed.