¿Se gestan movimientos protestantes?

El manto grisáceo de la nocturnidad lo cubre todo en Olavarría. Elíptica misión eterna. Réplica constante que no detiene. El amante se cobija en su amada, buscando el sosiego que necesita. Por Mario Delgado.

A lo lejos, por aquél barrio del norte, aúlla una sirena. El frío taladra hasta los tuétanos. Feo clima el nuestro, muy húmedo. Malo para los asmáticos.
Algún remisero traslada a un “cliente” en aras de conseguir sustancias de un proveedor de medio pelo. El nerviosismo de siempre. “Dejame en la esquina”, dirá el tipo, para agregar luego: “Y esperame unos minutos”. Tensos instantes. Regresará el adicto con un pequeño bultito. Calcadas situaciones también éstas.
El reloj ya marca la medianoche. Hora de brujas, de chicas de caricias compradas, de ocultar penas que a la luz del sol, se verían más fácilmente. Brilla el cenit, poniendo de relieve ciertos relámpagos. No alcanzan los abrigos para cubrir lo gélido, ni el maquillaje para apartar miserias.
Un excluido de la sociedad, se alza con un plasma de una casa sin rejas. Ya lo tiene negociado de antemano. El Mundial trae estas cosas, que increíble.
Un grupo de adolescentes hace la previa en un departamento del centro. Larga vigilia que languidece entre miradas continuas a los celulares y charlas sin demasiado vuelo intelectual. A lo largo de la mesa, comida chatarra y latas de cerveza de varias marcas. Hasta las dos, por lo menos, hay que hacer el aguante.
Antes, cuando la década del setenta nacía, dicen los historiadores de lo anecdótico, que la muchachada tomaba anfetaminas para estudiar tediosas horas. Hoy se bebe alcohol por costumbre, por moda.
El móvil policial se yergue en la avenida. El Handy resopla datos y novedades. El presagio de lluvia, es cada vez más concreto. Sólo será cuestión de tiempo para que se largue con fuerza.
“Triste perspectiva”, piensa un vecino de un sector con calles sin asfaltar. El agua en los baches aún no se ha secado y se le anexará todavía más masa hídrica. En la radio, suena un acorde de cumbia.
El señor comerciante que debe el alquiler de su negocio, se despierta sobresaltado. Poca clientela, esta semana. Y un vaivén incesante de nuevos costos, a la hora de reponer la mercadería. Y ni mencionar los servicios…
En el aire se palpa algo raro. Tal vez se geste un movimiento de protestantes de diversas ramas, que ya no soporten el peso de la cruz. Se evapora sin filtro el dinero. Rinde muy poco y atrae dificultades de toda índole. Desde discusiones de pareja hasta personas despedidas de sus laburos.
El sereno se recuesta contra un muro de la edificación en ciernes. Otro pocillo de café bulle. En puntitas de pie, ingresa el tren a la ciudad. Visitas de presos “a rolete”. Otro brillo en la noche, otro relámpago.
La mujer parada en la esquina, me dedica una sonrisa prefabricada. Le obsequio un chocolate blanco y una frase inusual para ella. Se descomprime. No todo es sexo y abrir y cerrar.
Se precipitan ya sin más preámbulos, las lágrimas del cielo. Impulsivas, gruesas. Como en tantas ocasiones, me dispongo a caminar bajo la lluvia, protegiendo a mi cigarrillo de tabaco rubio, que le arisquea a la precipitación.
Por Mario Delgado.-

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