Opinión
Aniversario del 19 y 20 de diciembre de 2001
Las reminiscencias vuelven cada año. Sobrevuelan las redacciones de los diarios y los estudios de radio y televisión. Y es motivo incuestionable de charlas y polémicas políticas. Lo importante, de todos modos, es mantener viva la memoria, sin desviarnos por andariveles fanatizados o parcializados. Nos referimos a los sucesos de los días 19 y 20 de diciembre de aquél temerario 2.001.
El país estaba en ebullición constante, desde hacía semanas atrás. Los vientos no soplaban favorables para los sectores del trabajo y la producción, pero tampoco para los ámbitos medios que habían visto sucumbir sus ahorros en el “corralito” de Domingo Cavallo.
El Presidente don Fernando De la Rúa, bamboleaba su gestión con más desaciertos que medidas proclives a desactivar la bomba de tiempo.
La esperanza que naciese teóricamente para corregir el rumbo de la Nación, se derrumbaba. La “Alianza” era ya un recuadro desalentado, un triste fantasma sin fortaleza.
Y los buitres se fueron aprovechando de ineptitudes y yerros. Y se adentraron en un proceso con destino final: quitar al ex senador de su cetro de mando.
La desesperación y los saqueos impulsados, se propalaron por distintas zonas del conurbano y en algunas provincias. Las necesidades reales se unieron con los agitadores profesionales. El caldero hervía y la autoridad del Ejecutivo era ínfima.
El 19 de diciembre, De la Rúa decreta el estado de sitio. No tuvo aceptación, puesto que los pobres, la clase media, los “caceroleros” y los piqueteros, se juntaron con una única premisa: “Que se vayan todos”.
Es menester subrayar que, entre los enardecidos por voltear al Gobierno Central, estuvo gran parte del peronismo bonaerense. Sin ese detalle bien presente, será muy infructuoso ir reacondicionando esas azarosas jornadas trágicas.
Y sí, trágicas, mis amigos, porque hubo gente que murió. Porque fue empleada la represión. Porque la crisis se desmadró. Pero nada fue tan sencillamente casual.
Por eso salió eyectado don Adolfo Rodríguez Saá, reemplazante del débil mando anterior. Con apenitas días de dirigir y luego de haber propiciado el “default”. Famoso es el diálogo donde le dicen, inflexibles y sin eufemismos: “A vos te pusimos para devaluar, boludo”. El hombre de San Luis no quiso devaluar y lo aislaron a tal punto que renunció.
Se produjeron otras maniobras y dilaciones hasta que llegó Eduardo Duhalde y entonces el peronismo no se resistió más.
Esos tensos y asfixiantes momentos, no pueden pasar inadvertidos de la recordación de cada argentino. Aunque, en definitiva, una vez que se templaron los ánimos, la conjunción piquetera – “cacerolera”, se ausentó del terreno de juego y, en otro orden, no se terminó yendo nadie a casa, sino que se reciclaron las fórmulas del poder y aquí estamos, todavía soñando con un país mejor.
Por Mario Delgado.-




