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Opinión

Necesitamos un ídolo

La repetición humana parece ser un auténtico calco es este punto crucial, mis amigos: necesitamos un ídolo al cual adorar y aferrarnos en los momentos difíciles pero también en los instantes de alegría. O tal vez en verdad, tal personaje deba ser propulsor casi excluyente de excelsos momentos.

Nuestros antepasados muy lejanos en el tiempo, comenzaron tomando elementos que se hallaban por fuera o cercanos a su propio entorno y los endiosaron. Entonces decidieron que el sol o la luna o por qué no, el fuego, fuesen “subidos” a la expresa categoría de deidades que recibían culto y honores.

Hemos avanzado inconmensurablemente. Mas en el imaginario, en la esfera de las idolatrías, las cuestiones no han mutado tan a la medida de lo aguardado por la ciencia y la mismísima tecnología.

Dimos una vuelta de tuerca importante pero no obstante, recaímos en la bulliciosa circunferencia de requerir apoyo externo para continuar caminando normalmente.

Y surgen los ídolos que pueden ser de bronce, de barro o de carne y hueso. Por tal caso, Gilda, Diego Maradona o Lionel Messi, ocupan un hermoso sitial en la plataforma de lanzamiento de, en esta oportunidad, personas reales a ensalzar.

Necesitamos ídolos, así que los fomentamos y bancamos, permitiéndoles todo. O casi todo, mis amigos. Porque, al final del balance, son nuestros grandes semidioses y se ansía de ellos el podio, no el fracaso. Que levante la diestra aquél que haya elegido a un favorito de segundo puesto.

Si un hombre llora, es bien entendido y se conmoverá el auditorio. Sin embargo, si un “ser divinizado” lagrimea cual bebé de pecho, las interpretaciones quizá no lo favorezcan como se merece.

La fortaleza es una virtud muy demandada al tótem apostado en un altar. Que flaquee el fetiche, es un drama que facilita inmensos regueros de polémicas útiles o estériles.

Ni que hablar de un héroe del Olimpo caído en desgracia.

Las miradas y cuchicheos de asombro, se van transformando en muecas de odio. Y claro, del amor al desprecio, no hay gran extensión de terreno.

Un ídolo no se puede dar el lujo de admitir errores. No está autorizada por nadie esa actitud tan demencial. Los “sincericidios”, corresponden a otra casta de ciudadanos más comunes, más “humanos”.

Un caudillo de los sentimientos, concita la atención con todo lo que haga o deje por hacer. No atrae su futuro, lo perceptible es el hoy y de eso nos alimentamos. Y sacará fuerzas de donde no las posea el sujeto, para reactivar las pilas del pueblo adiestrado a sus órdenes o caprichos.

No se ha de dormir en los laureles porque lo devorarán los buitres de la envidia. O, los otros “colegas” que aspiran a sentarse en su sillón. Es una lucha de poder, una situación de poco espacio y mucha demanda.

Un ídolo no puede errar un penal en la cruda final de la “Copa América Centenario”. No ha sido entrenado para ese equívoco. No es su función idolátrica. Y si lo hace, o sea si yerra, tendrá que abonar con creces por su cálculo mal cristalizado y deambulará sonámbulo por los pasillos del limbo, a la espera de que la muchedumbre le entregue el resarcimiento, porque en definitiva, precisamos un ídolo.

Por Mario Delgado.-

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