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Opinión

El peligro de jugar a los cowboys

Son escenas repetidas, inconscientes, faltas de sentido común y de apego a la vida… del otro. Son sucesiones famélicas de seres que nada conocen de virtudes y sí de permanecer fuera de toda normativa ciudadana. No les importa su propia vida y, por ende, menos aún la de sus prójimos. Claro que hay que discurrir en los porqués de tales manchas obscuras en la cotidianeidad de un vasto sector del sur de nuestra Olavarría. Mas lo imperativo es, de todos modos, la rápida solución a tamaño dilema, que excede cualquier parámetro.

El tema concreto, amigos, es el siguiente: algunos sujetos innombrables del barrio de las 104 viviendas, se enfrentan a los tiros limpios con enemigos acérrimos u ocasionales, del vecino barrio Independencia. Entonces las tardes, noches o madrugadas, se pueden observar pobladas de impactos de bala que recorren furiosos un radio de acción de escasos metros, con el latente peligro, por supuesto, de que caiga imprevistamente en la línea de fuego, una víctima inocente.

“Hasta ahora, y sólo hasta ahora, no ha ocurrido algo tremendo”, me cuenta una señora que tiembla al subrayar que el último sábado, el 11, tuvo que guarecer a su pequeño hijito cuando advirtió la andanada de profusión automática.

“Había tres móviles instalados a metros nada más de dónde disparaba un tipo, asomado a la ventana de su departamento. Otro muchacho, muy cerca de él, miraba a los policías y era evidente que se burlaba de ellos con mucha sorna”, narra una joven de pelo lacio que agrega que todos “saben quiénes son los revoltosos”.

El paisaje descripto es de un auténtico “Lejano Oeste”; no figuran reglas establecidas; solamente impulsos malsanos de gente incluso mal habida que sostiene en su poder una cantidad insólita de armas de distinto calibre. ¿Cómo puede ser tal impunidad concebida?

Pero las intromisiones de las balas en la diaria de la vecindad, no cesan. Ayer mismo, sin ir más lejos, un señor esperaba el colectivo para ir a su trabajo, a eso de las 19 horas, escuchó, percibió, se estremeció ante la inconveniencia de la proximidad de un nuevo plan de lucha.

“En esta ocasión, expresa, sacudían a mansalva desde la Avenida Pueyrredón, hacia el Cementerio Municipal. Era un infierno, las balas pasaron muy cerquita mío, en realidad. Una locura, un disparate y aquí estamos: sin novedad en el frente”. El testimonio de este laburante, mis amigos, es elocuente.

La droga que hace verdaderos agujeros en la mente de decenas de pibes y no tan pibes. La conducta delictiva en general. La búsqueda quizá de gobernar el territorio para “comerciar” sustancias con tranquilidad. O, hasta discusiones momentáneas, sirven de excusa ideal para comenzar a tronar las armas, cual cowboys o pistoleros, hambrientos de venganza y sangre.

Y la preocupación de los que nada tienen que ver. Y la paciencia inagotable, al parecer. Y la desidia de los ámbitos oficiales y judiciales que no son capaces de dar respuestas concretas a la comunidad. Antes de que muera un hombre o mujer que no sea parte del ambiente.

Por Mario Delgado.-

 

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