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Murales de intolerancia

Murales de intolerancia

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Se despierta cada día la ciudad absorbida, como el resto del país, en un denso humo de intolerancia que encripta las cuerdas vocales del diálogo franco, constructivo, ese que fluye más allá incluso de las coincidencias o no que se dispongan con el interlocutor de turno.

La densa humareda del rencor, de la descalificación hacia el otro, hacia el prójimo en rigor de verdad, es tremenda y se advierte en forma constante, si ustedes echan apenas un vistazo por las queridas redes sociales.

Pero si basta que un usuario “X”, haga uso de sus facultades para opinar en torno a tal o cual ítem, para que enseguidita nomás, se lance sobre el individuo mencionado una jauría de mensajes desalentadores y un mar de puteadas lo catapulte sin misericordia.

No se valora ni se respeta al otro sujeto de derecho que posee las mismas ganas de expresarse que todo el mundo. El centro de atención, la órbita de la nave, pasa exclusivamente por un núcleo candente: de qué lado se está.

De manera tal, mis amigos, que cientos de horas se habla o miles de páginas (impresas o virtuales) se escriben, en varias ocasiones con la sola autoridad que confiere la “libertad de expresión”, sin conocimiento de causa, sin chequear la información o sin dudar de ciertos condimentos que puede traer el suceso que se analiza.

No interesa tanto llegar a la cresta de la ola, o descubrir las raíces, sino más bien posicionar un dictamen, considerando una única meta: o adherís o disentís, dependiendo de qué postura política o ideológica sostengas.

A pocos les importa abrazar el auténtico conocimiento; es una cuestión sin dimensiones salientes ésa. Lo trascendente será, por el contrario, aplaudir o vilipendiar sin miramientos, para profundizar aún más la separación entre un sector y el de enfrente.

El llamado “Caso Santiago Maldonado”, es una prueba irrebatible de ello, lectores del alma. ¿Cuántos personajes se atribuyeron hipótesis, se rasgaron las vestiduras, o hasta lloraron ante cámaras, pontificando a diestra y siniestra, nombrando culpables y señalando teorías conspirativas de altísimo voltaje?

¿Acaso no oyeron ustedes el grito desaforado de la multitud, arrastrada por la vehemencia de éstos expertos en elucubrar ideas, sin presentar desde luego ellos, ningún argumento debajo del brazo?

La división se palpa en las arterias de la comarca en la que habitamos. En las veredas, en los cruces de calles, en las charlas de amigos y hasta en el seno familiar. Discusiones arbitrarias son generadas, en más de una ocasión, por no observar del mismo modo, una noticia o un suceso equis.

El problema se agudiza, pese a los diagnósticos. El medicamento súper eficaz es la conversación. Mas se la repliega en pos de gestos o de golpes o de actitudes simplemente viles y cobardes.

Lo concreto es que, volviendo al ícono de la discordia, al joven Santiago Maldonado lo sacudieron por todos los rincones posibles, lo subieron o bajaron, lo amaron u odiaron, la gran mayoría sin conocerlo un ápice, y finalmente se lo hace prevalecer, post morten, con panfletos o murales.

Dos de esas creaciones artísticas se cristalizaron aquí. Una en Azopardo y Muñoz y la segunda en Amparo Castro y Avenida Del Valle. Fueron dispuestos los dibujos y letras por la “Juventud Guevarista” en un caso, y por el “Partido Obrero” en el otro.

Imaginen la tradicional “vaquita” que se “paseo” entre los militantes de ambas agrupaciones para adquirir los elementos necesarios para cumplimentar la obra. Y el tiempo que les insumió.

Y la alegría del final del trabajo. Lo cual no significa estar ciento por cien de acuerdo con ellos o con su cosmovisión. Sí referencia la tolerancia y el respeto hacia una voz distinta, que consentimos o no.

Sin embargo los embates de vaya uno a saber quiénes (¿Lo determinará la Justicia?), empañó las paredes dónde reposaban los cuadros callejeros y le dio pie a la crispación más resentida.

La superficie pintada fue mancillada con otro tono de pintura: el del inconsciente burlador de libertades conseguidas con sudor y lágrimas.

Como quien defeca con desprecio irracional encima de un símbolo o de un objeto querible, realizaron su tarea con apuro y nerviosismo. Pero sintiéndose amparados por negros pensamientos. Entre la “joda” y el daño. Una labor pobre hecha por orden de la intransigencia que no podemos desterrar.

Podemos asimilar a Maldonado o no. Lo que no debiéramos permitirnos es consensuar con las manos violentas o barnizadas de hipocresía.

Por Mario Delgado.-

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