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Opinión: Daño colateral

Opinión: Daño colateral

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Las imágenes inéditas irán quedando guardadas, como los cánticos y los gritos desaforados también. Porque algo que se suponía, venía manejándose normalmente, desbordó, hizo aguas, demostrando entonces que nada era tan sencillo. Y la realidad nos planta, como daño colateral irrefutable, dos víctimas fatales, una mujer en terapia intensiva y heridos y contusos por doquier. Producto todo ese cóctel siniestro de yerros muy groseros.

La magnitud del recital en cantidad de público, se veía venir. Hasta los menos expertos recalaban en un mar de gente que ya, desde días previos, había copado las arterias y parques locales, haciendo añicos las cifras propuestas por los productores.

Mas el grueso, la columna fuerte, por decirlo, llegó el mismo sábado, arrasando con todas las expectativas y premoniciones pesimistas. Hacia arriba, muy hacia arriba, el número de “ricoteros” que pugnaron por entrar a un predio ubicado al sur de la planta urbana y con capacidad limitada, claro está. Una “sala” como se expresa en el ambiente artístico, muy cómoda hasta cierto punto, pero que en virtud terminó siendo una caja de té, una trampa mortal por el enorme exceso de almas que la cubrió.

Los fanáticos se desesperaron por ver y oír al ídolo. Los que llegaron temprano, se instalaron con cierta soltura, sin embargo al poco andar de las agujas del reloj, la cuestión mutó.

Los apretujones se hicieron sentir y la organización tambaleó, cual gigante que se cae por un golpe inesperado y certero. Los que la “sabían lunga” se observaron entre ellos y los miles de fans, se fueron agolpando en la puerta de acceso.

La noche ardía y el show arrancó. Las sombras se hicieron presentes y todo mundo se adueñó del sitio. El costo político inició su camino.

Y hubo golpes. Y desmanes. Y desmadre. Y muerte. Se suspendió por un lapso prudente la cabalgata de éxitos musicales. Ya el brillo se opacó por completo y sólo quedaba terminar y buscar responsabilidades.

Los silencios serán prominentes, desde luego. La multiplicidad de almas, los puestos de venta, los murmullos de robos ocultados o disimulados, los alcoholizados durmiendo la mona, los asaditos en los parques, pero sobre todo, los inmensos sueños de una ciudad que se abría al turismo, al universo de los grandes aconteceres, ahora deberá aguardar.

Ahora, la sociedad necesita explicaciones valederas, porque estábamos pariendo una nueva Olavarría y el bebé murió en el parto.

Por Mario Delgado.

Foto: Miguel Ferreyra.

 




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