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No fue un recital, fue otra cosa

No fue un recital, fue otra cosa

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Crónica en primera persona de la noche en Olavarría. Por Leonardo Tagliabúe ltagliabue@infobae.com
Fui a ver a los Redondos un par de veces. Seguí a Skay, uno de los líderes de la banda, en sus primeros recitales solistas luego de la separación de 2001. Y me sumé con fervor a la excursión que inició por todo el país Carlos “Indio” Solari en 2005.

Empecé en La Plata, fui varias veces a Tandil, disfruté de Junín, viajé a Córdoba y San Luis. Me bajé de tres escenarios: Montevideo, Salta y Guleguaychú.

La experiencia en Olavarría nos resultó compleja desde un principio. Sin lugares disponibles en la ciudad, nos alojamos con mis amigos en Azul, a poco más de 50 kilómetros. Hicimos lo de siempre. Llegamos el viernes a la noche, cenamos, cantamos y nos divertimos. Repetimos el ritual el sábado al mediodía desafiando a la lluvia.

Veinte minutos antes de lo pactado, a las 16:40, llegó la camioneta que habíamos contratado. Nos subimos y emprendimos el camino hacia la ciudad que le había abierto las puertas a nuestra pasión para una noche más.

El trayecto fue difícil. Sabíamos que había mucha expectativa, pero nunca nos imaginamos que un trayecto de media hora se podría transformar en una lentísima caravana de tres horas y media.

Nos bajamos donde pudimos y empezamos a caminar. Caminamos mucho. Más de cien cuadras. La ruta estaba desbordada y preferimos bajarnos de la camioneta. Acertamos. De otra manera no hubiéramos llegado nunca al inicio del recital.

En realidad no llegamos. Escuchamos los primeros dos temas desde afuera de La Colmena, el descampado elegido para el regreso para el show. Notamos a diferencia de otras noches que el ingreso fue muy desordenado, casi sin señalización, pero nos ingeniamos para estar en el lugar donde nos esperaba nuestro cantante favorito.

La “sala” tenía características similares a las de otros show. Un terreno interminable con varias columnas de sonido -que esta vez no garantizaron una experiencia de calidad en todo el lugar- y accesos amplios y casi sin controles. Como a muchos otros, nadie me pidió el ticket que pagué $800 en el ingreso. Ya me había pasado en otros recitales. Lo hacen -pensé-para evitar incidentes.

Adentro era gente, mucha gente, y más gente. Escuchamos dos temas, bailamos y festejamos. Como siempre. Hasta que después del quinto tema, Ropa Sucia, de Los Redondos, Solari paró el show y pidió ayuda para los chicos que estaban lastimados cerca del escenario.

Se terminó el recital. Lo que empezó en ese momento fue otra cosa. Un cantante distraído, gente asustada que empezó a abandonar lugar y una sucesión de parates que hacía insostenible la velada. Pensamos que
“Indio” estaba más celoso de la seguridad que de costumbre. De hecho, los días previos desde la organización habían publicado recomendaciones muy precisas: “Cuiden al que tienen al lado”.

En redes sociales circuló, además, un texto atribuido a un periodista cercano a Solari que insinuaba la posibilidad de que hubiera infiltrados en el show. Solari ha respaldado públicamente políticas del gobierno anterior y se ha diferenciado de la gestión actual. Incluso anoche, cuando criticó el proyecto oficial para bajar la edad de imputabilidad.

La remamos. Festejamos las canciones que más nos gustan, maldecimos las que no y nos sorprendimos con el enganche del final entre Ji-Ji-Ji y Mi Perro Dinamita. Nos fuimos rápido para evitar la congestión de temas.

Ya en la calle llamé a la redacción de Infobae para contar algunos detalles de la noche. Me preguntaron por las avalanchas, conté lo de los parates y caminé otras 100 cuadras hasta la camioneta que nos esperaba.

Ya en la ruta, camino a Azul, empezaron a llegarme mensajes de Buenos Aires. Me hablaban de incidentes y cosas que yo no había vivido. Llamé a la Intendencia para buscar información, intercambié sensaciones con otros colegas y empecé a reflexionar. Fue imposible dormir. Estaba triste, angustiado, nervioso.

Veo que muchos discuten sobre lo qué pasó, conjeturan responsabilidades y hasta hablan de prohibiciones. No puedo entrar en el debate sin mirarme el ombligo. La culpa es nuestra. La culpa es mía. Formo parte de una generación que hizo un culto del agite y que pese a haber llorado con Cromañón no aprendió nada.

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